Gabriel García Márquez

El último viaje del buque fantasma (1978)
[The Last Voyage of the Ghost Ship]

Edición bilingüe, español- inglés, de Miguel Garci-Gomez. Dept. Romance Stydies. Duke. U.
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QQ1 Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces y sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el trasatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto, hasta que algo debió fallar en sus agujas de orientación, porque derivó hacia los escollos, tropezó, saltó en pedazos y se hundió sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo con los arrecifes era para producir un fragor de hierros y una explosión de máquinas que helaran de pavor a los dragones más dormidos en la selva prehistórica que empezaba en las últimas calles de la ciudad y terminaba en el otro lado del mundo, así que él mismo creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente, cuando vio el acuario radiante de la bahía, el desorden de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, las goletas de los contrabandistas de las Guayanas recibiendo su cargamento de loros inocentes con el buche lleno de diamantes, pensó, me dormí contando las estrellas y soñé con ese barco enorme, claro, quedó tan convencido que no se lo contó a nadie ni volvió a acordarse de la visión hasta la misma noche del marzo siguiente, cuando andaba buscando celajes de delfines en el mar y lo que encontró fue el trasatlántico ilusorio, sombrío, intermitente, con el mismo destino equivocado de la primera vez, sólo que él estaba entonces tan seguro de estar despierto que corrió a contárselo a su madre, QQ2 Now they′re going to see who I am, he said to himself in his strong new man′s voice, many years after he had first seen the huge ocean liner without lights and without any sound which passed by the village one night like a great uninhabited place, longer than the whole village and much taller than the steeple of the church, and it sailed by in the darkness toward the colonial city on the other side of the bay that had been fortified against buccaneers, with its old slave port and the rotating light, whose gloomy beams transfigured the village into a lunar encampment of glowing houses and streets of volcanic deserts every fifteen seconds, and even though at that time he′d been a boy without a man′s strong voice but with his′ mother′s permission to stay very late on the beach to listen to the wind′s night harps, he could still remember, as if still seeing it, how the liner would disappear when the light of the beacon struck its side and. how it would reappear when the light had passed, so that it was an intermittent ship sailing along, appearing and disappearing, toward the mouth of the bay, groping its way like a sleepwalker for the buoys that marked the harbor channel, until something must have gone wrong with the compass needle, because it headed toward the shoals, ran aground, broke up, and sank without a single sound, even though a collision against the reefs like that should have produced a crash of metal and the explosion of engines that would have frozen, with fright the soundestsleeping dragons in the prehistoric jungle that began with the last streets of the village and ended on the other side of the world, so that he himself thought it was a dream, especially the, next day, when he. saw the radiant fishbowl. of the bay, the disorder of colors of the Negro shacks on the hills above the harbor, the schooners of the smugglers from the Guianas loading their cargoes of innocent parrots whose craws were full of diamonds, he thought, I fell asleep counting the stars and L dreamed about that huge ship, of course, he was so convinced that he didn′t tell anyone nor did he remember the vision again until the same night on the following March when he was looking for the flash of dolphins in the sea and what he found was the illusory line, gloomy, intermittent, with the same mistaken direction as the first time, except that then he was so sure he was awake that he ran to tell his mother
QQ1 y ella pasó tres semanas gimiendo de desilusión, porque se te está pudriendo el seso de tanto andar al revés, durmiendo de día y aventurando de noche como la gente de mala vida, y como tuvo que ir a la ciudad por esos días en busca de algo cómodo en que sentarse a pensar en el marido muerto, pues a su mecedor se le habían gastado las balanzas en once años de viudez, aprovechó la ocasión para pedirle al hombre del bote que se fuera por los arrecifes de modo que el hijo pudiera ver lo que en efecto vio en la vidriera del mar, los amores de las mantarayas en primaveras de esponjas, los pargos rosáceos y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelleras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo, seguro, sin saber que ya lo único seguro que había en su porvenir era una poltrona de los tiempos de Francis Drake que compró en un remate de turcos, en la cual se sentó a descansar aquella misma noche, suspirando, mi pobre Holofernes, si vieras lo bien que se piensa en ti sobre estos forros de terciopelo y con estos brocados de catafalco de reina, pero mientras más evocaba al marido muerto más le borboritaba y se le volvía de chocolate la sangre en el corazón, como si en vez de estar sentada estuviera corriendo, empapada de escalofríos y con la respiración llena de tierra, hasta que él volvió en la madrugada y la encontró muerta en la poltrona, todavía caliente pero ya medio podrida como los picados de culebra, lo mismo que les ocurrió después a otras cuatro señoras, antes que tiraran en el mar la poltrona asesina, muy lejos, donde no le hicieran mal a nadie, pues la habían usado tanto a través de los siglos que se le había gastado la facultad de producir descanso, de modo que él tuvo que acostumbrarse a su miserable rutina de huérfano, señalado por todos como el hijo de la viuda que llevó al pueblo el trono de la desgracia, viviendo no tanto de la caridad pública como del pescado que se robaba en los botes, mientras la voz se le iba volviendo de bramante y sin acordarse más de sus visiones de antaño hasta otra noche de marzo en que miró por casualidad hacia el mar, y de pronto, madre mía, ahí está, la descomunal ballena de amianto, la bestia berraca, vengan a verlo, gritaba enloquecido, vengan a verlo, promoviendo tal alboroto de ladridos de perros y pánicos de mujer, que hasta los hombres más viejos se acordaron de los espantos de sus bisabuelos y se metieron debajo de la cama QQ2 and she spent three weeks moaning with disappointment, because your brain′s rotting away from doing so many things backward, sleeping during the day and going out at night like a criminal, and since she had to go to the city around that time to get something comfortable where she could sit and think about her dead husband, because the rockers on her chair had worn out after eleven years of widowhood, she took advantage of the occasion and had the boatman go near the shoals so that her son could see what he really saw in the glass of; the sea, the lovemaking of manta rays in a springtime of sponges, pink snappers and blue corvinas diving into the other wells of softer waters that were there among the waters, and even the wandering hairs of victims of drowning in some colonial shipwreck, no trace of sunken liners of anything like it, and yet he was so pigheaded that his mother promised to watch with him the next March, absolutely, not knowing that the only thing absolute in her future now was an easy chair from the days of Sir Francis Drake which she had bought at an auction in a Turk′s store, in which she sat down to rest that same night sighing, oh, my poor Olofernos, if you could only see how nice it is to think about you on this velvet lining and this brocade from the casket of a queen, but the more she brought back the memory of her dead husband, the more the blood in her heart bubbled up and turned to chocolate, as if instead of sitting down she were running, soaked from chills and fevers and her breathing full of earth, until he returned at dawn and found her dead in the easy chair, still warm, but half rotted away as after a snakebite, the same as happened afterward to four other women before the murderous chair was thrown into the sea, far away where it wouldn′t bring evil to anyone, because it had. been used so much over the centuries that its faculty for giving rest had been used up, and so he had to grow accustomed to his miserable routine of an orphan who was pointed out by everyone as the son of the widow who had brought the throne of misfortune into the village, living not so much from public charity as from fish he stole out of the boats, while his voice was becoming a roar, and not remembering his visions of past times anymore until another night in March when he chanced to look seaward and suddenly, good Lord, there, it is, the huge asbestos whale, the behemoth beast, come see it, he shouted madly, come see it, raising such an uproar of dogs′ barking and women′s panic that even the oldest men remembered the frights of their greatgrandfathers and crawled under their beds,
QQ1 creyendo que había vuelto William Dampier, pero los que se echaron a la calle no se tomaron el trabajo de ver el aparato inverosímil que en aquel instante volvía a perder el oriente y se desbarataba en el desastre anual, sino que lo contramataron a golpes y lo dejaron tan mal torcido que entonces fue cuando él se dijo, babeando de rabia, ahora van a ver quién soy yo, pero se cuidó de no compartir con nadie su determinación sino que pasó el año entero con la idea fija, ahora van a ver quién soy yo, esperando que fuera otra vez la víspera de las apariciones para hacer lo que hizo, ya está, se robó un bote, atravesó la bahía y pasó la tarde esperando su hora grande en los vericuetos del puerto negrero, entre la salsamuera humana del Caribe, pero tan absorto en su aventura que no se detuvo como siempre frente a las tiendas de los hindúes a ver los mandarines de marfil tallados en el colmillo entero del elefante, ni se burló de los negros holandeses en sus velocípedos ortopédicos, ni se asustó como otras veces con los malayos de piel de cobra que le habían dado la vuelta al mundo cautivados por la quimera de una fonda secreta donde vendían filetes de brasileras al carbón, porque no se dio cuenta de nada mientras la noche no se le vino encima con todo el peso de las estrellas y la selva exhaló una fragancia dulce de gardenias y salamandras podridas, y ya estaba él remando en el bote robado hacia la entrada de la bahía, con la lámpara apagada para no alborotar a los policías del resguardo, idealizado cada quince segundos por el aletazo verde del faro y otra vez vuelto humano por la oscuridad, sabiendo que andaba cerca de las boyas que señalaban el canal del puerto no sólo porque viera cada vez más intenso su fulgor opresivo sino porque la respiración del agua se iba volviendo triste, y así remaba tan ensimismado que no supo de dónde le llegó de pronto un pavoroso aliento de tiburón ni por qué la noche se hizo densa como si las estrellas se hubieran muerto de repente, y era que el trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, QQ2 thinking that William Dampier had come back, but those who ran into the street didn′t make the effort to see the unlikely apparatus which at that instant was lost again in the east and raised up in its annual disaster, but they covered him with blows and left him so twisted that it was then he said to himself, drooling with rage, now they′re going to see who I am, but he took care not to share his determination with anyone, but spent the whole year with the fixed idea, now they′re going to see who I am, waiting for it to be the eve of the apparition once more in order to do what he did, which was steal a boat, cross the bay, and spend the evening waiting for his great moment in the inlets of the slave port, in the human brine of the Caribbean, but so absorbed in his adventure that he didn′t stop as he always did in front of the Hindu shops to look at the ivory mandarins carved from the whole tusk of an elephant, nor did he make fun of the Dutch Negroes in their orthopedic velocipedes, nor was he frightened as at other times of the copperskinned Malayans, who had gone around the world, enthralled by the chimera of a secret tavern where they sold roast filets of Brazilian women, because he wasn′t aware of anything until night came over him with all the weight of the stars and the jungle exhaled a sweet fragrance of gardenias and rotter salamanders, and there he was, rowing in the stolen boat, toward the mouth of the bay, with the lantern out so as not to alert the customs police, idealized every fifteen seconds by the green wing flap of the beacon and turned human once more by the darkness, knowing that he was getting close to the buoys that marked the harbor, channel, not only because its oppressive glow was getting more intense, but because the breathing of the water was becoming sad, and he rowed like that, so wrapped up in himself, that he. didn′t know where the fearful shark′s breath that suddenly reached him came from or why the night became dense, as if the stars had suddenly died, and it was because the liner was there, with all of its inconceivable size, Lord, bigger than, any other big thing in the world and darker than any other dark thing on land or sea, three hundred thousand tons of shark smell passing so close to the boat that he could see the seams of the steel precipice without a single light in the infinite portholes, without a sigh from the engines, without a soul, and carrying its own circle of silence with it, its own dead air, its halted time, its errant sea in which a whole world of drowned animals floated,
QQ1 y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Caribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas desde la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer y ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océana se encontraba, buscando a tientas el canal invisible pero en realidad derivando hacia los escollos, hasta que él tuvo la revelación abrumadora que aquel percance de las boyas era la última clave del encantamiento, y encendió la lámpara del bote, una mínima lucecita roja que no tenía por qué alarmar a nadie en los minaretes del resguardo, pero que debió ser para el piloto como un sol oriental, porque gracias a ella el trasatlántico corrigió su horizonte y entró por la puerta grande del canal en una maniobra de resurrección feliz, y entonces todas sus luces se encendieron al mismo tiempo, las calderas volvieron a resollar, se prendieron las estrellas en su cielo y los cadáveres de los animales se fueron al fondo, y había un estrépito de platos y una fragancia de salsa de laurel en las cocinas, y se oía el bombardino de la orquesta en las cubiertas de luna y el tumtum de las arterias de los enamorados de alta mar en la penumbra de los camarotes, pero él llevaba todavía tanta rabia atrasada que no se dejó aturdir por la emoción ni amedrentar por el prodigio, sino que se dijo con más decisión que nunca que ahora van a ver quién soy yo, carajo, ahora lo van a ver, y en vez de hacerse a un lado para que no lo embistiera aquella máquina colosal empezó a remar delante de ella, porque ahora sí van a saber quién soy yo, y siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabestro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del pueblo dormido, un barco vivo e invulnerable a los haces del faro que ahora no lo invisibilizaban sino que lo volvían de aluminio cada quince segundos, y allá empezaban a definirse las cruces de la iglesia, la miseria de las casas, la ilusión, y todavía el trasatlántico iba detrás de él, siguiéndolo con todo lo que llevaba dentro, su capitán dormido del lado del corazón, los toros de lidia en la nieve de sus despensas, el enfermo solitario en su hospital, el agua huérfana de sus cisternas, el piloto irredento que debió confundir los farallones con los muelles porque en aquel instante reventó el bramido descomunal de la sirena, una vez, y él quedó ensopado por el aguacero de vapor que le cayó encima, otra vez, y el bote ajeno estuvo a punto de zozobrar, y otra vez, pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, y él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, y entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada de marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro enca llado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, halalcsillag, y todavía, chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte. QQ2 and suddenly it all disappeared with the flash of the beacon and for an instant it was the diaphanous Caribbean once more, the March night, the everyday air of the pelicans, so he stayed alone among the buoys, not knowing what to do, asking himself, startled, if perhaps he wasn′t dreaming while he was awake, not just now but the other times too, but no sooner had. he asked himself than a breath of mystery snuffled out the buoys, from the first to the last, so that when the light of the beacon passed by the liner appeared again and now its compasses were out of order, perhaps not even knowing what part of the ocean sea it was in, groping for the invisible channel but actually heading for the shoals, until he got the overwhelming revelation that that misfortune of the buoys was the last key to the enchantment and he lighted the lantern in the boat, a tiny red light that had no reason to alarm anyone in the watch towers but which would be like a guiding sun for the pilot, because, thanks to it, the liner corrected its course and passed into the main gate of the channel in a maneuver of lucky resurrection, and then all the lights went on at the same time so that the boilers wheezed again, the stars were fixed in their places, and the animal corpses went to the bottom, and there was a clatter of plates and a fragrance of laurel sauce in the kitchens, and one could hear the pulsing of the orchestra on the moon decks and the throbbing of the arteries of highsea lovers in the shadows of the staterooms, but he still carried so much leftover rage in him that he would not let himself be confused by emotion or be frightened by the miracle, but said to himself with more decision than ever, now they′re going to see who I am, the cowards, now they′re going to see, and instead of turning aside so that the colossal machine would not charge into him he began to row in front of it, because now they really are going to see who I am, and he continued guiding the ship with the lantern until he was so sure of its obedience that he made it change course from the direction of the docks once more, took it out of the invisible channel, and led it by the halter as if it were a sea lamb toward the lights of the sleeping village, a living ship, invulnerable to the torches of the beacon, that no longer made invisible but made it aluminum every fifteen seconds, and the crosses of the church, the misery of the houses, the illusion began to stand out and still the ocean liner followed behind him, following his will inside of it, the captain asleep on his heart side, the fighting bulls in the snow of their pantries, the solitary patient in the infirmary, the orphan water of its cisterns, the unredeemed pilot who must have mistaken the cliffs for the docks, because at that instant the great roar of the whistle burst forth, once, and he with downpour of steam that fell on him, again, and the boat belonging to someone else was on the point of capsizing, and again, but it was too late, because there were the shells of the shoreline, the stones of the street, the doors of the disbelievers, the whole village illuminated by the lights of the fearsome liner itself, and he barely had time to get out of the way to make room for the cataclysm, shouting in the midst of the confusion, there it is, you cowards, a second before the huge steel cask shattered the ground and one could hear the neat destruction of ninety thousand five hundred champagne glasses breaking, one after the other, from stem to stern, and then the light came out and it was no longer a March dawn but the noon of a radiant Wednesday, and he was able to give himself the pleasure of watching the disbelievers as with open mouths they contemplated the largest ocean liner in this world and the other aground in front of the church, whiter than anything, twenty times taller than the steeple and some ninetyseven times longer than the village, with its name engraved in iron letters, Halalcsillag, and the ancient and languid waters of the sea of death dripping down its sides.