Gabriel García Márquez

Blacamán el Bueno, vendedor de milagros
[Blacamán the Good, Vendor of Miracles]

Edición bilingüe, español- inglés, de Miguel Garci-Gomez. Dept. Romance Stydies. Duke. U.
--

Desde el primer domingo que lo vi me pareció una mula de monosabio, con sus tirantes de terciopelo pespuntados con filamentos de oro, sus sortijas con pedrerías de colores en todos los dedos y su trenza de cascabeles, trepado sobre una mesa en el puerto de Santa María del Darién, entre los frascos de específicos y las yerbas de consuelo que él mismo preparaba y vendía a grito herido por los pueblos del Caribe, sólo que entonces no estaba tratando de vender nada de aquella cochambre de indios sino pidiendo que le llevaran una culebra de verdad para demostrar en carne propia un contraveneno de su invención, el único infalible, señoras y señores, contra las picaduras de serpientes, tarántulas y escolopendras, y toda clase de mamíferos ponzoñosos. From the first Sunday I saw him he reminded me of a bullring mule, with his white suspenders that were backstitched with gold thread, his rings with colored stones on every finger, and his braids of jingle bells, standing on a table by the docks of Santa Maria del Darien in the middle of the flasks of specifics and herbs of consolation that he prepared himself and hawked through the towns along the Caribbean with his wounded shout, except that at that time he wasn′t trying to sell any of that Indian mess but was asking to bring him a real snake so that he could demonstrate on his own flesh an antidote he had invented, the only infallible one, ladies and gentlemen, for the bites of serpents, tarantulas, and centipedes, plus all manner of poisonous mammal.
Alquien que parecía muy impresionado por su determinación consiguió nadie supo dónde y le llevó dentro de un frasco una mapaná de las peores, de esas que empiezan por envenenar la respiración, y él la destapó con tantas ganas que todos creimos que se la iba a comer, pero no bien se sintió libre el animal saltó fuera del frasco y le dio un tijeretazo en el cuello que ahí mismo lo dejó sin aire para la oratoria, y apenas tuvo tiempo de tomarse el antídoto cuando el dispensario de pacotilla se derrumbó sobre la muchedumbre y él quedó revolcándose en el suelo con el enorme cuerpo desbaratado como si no tuviera nada por dentro, pero sin dejarse de reir con todos sus dientes de oro. Cómo sería el estrépito, que un acorazado del norte que estaba en el muelle desde hacía como veinte años en visita de buena voluntad declaró la cuarentena para que no se subiera a bordo el veneno de la culebra, y la gente que estaba santificando el domingo de ramos se salió de la misa con sus palmas benditas, pues nadie quería perderse la función del emponzoñado que ya empezaba a inflarse con el aire de la muerte, y estaba dos veces más gordo de lo que había sido, echando espuma de hiel por la boca y resollando por los poros, pero todavía riéndose con tanta vida que los cascabeles le cascabeleaban por todo el cuerpo. Someone who seemed quite impressed by his determination managed to get a bushmaster of the worst kind somewhere and brought it to him in a bottle, the snake that starts by poisoning the respiration, and he uncorked it with such eagerness that we all thought he was going to eat it, but as soon as the creature felt itself free it jumped out of the bottle and struck him on the neck, leaving him right then and there without any wind for his oratory and with barely enough time to take the antidote, and the vest-pocket pharmacist tumbled down into the crowd and rolled about on the ground, his huge body wasted away as if he had nothing inside of it, but laughing all the while with all of his gold teeth. The hubbub was so great that a cruiser from the north that had been docked there for twenty years on a goodwill mission declared a quarantine so that the snake poison wouldn′t get on board, and the people who were sanctifying Palm Sunday came out of church with their blessed palms, because no one wanted to miss the show of the poisoned man, who had already begun to puff up with the air of death and was twice as fat as he′d been before, giving off a froth of gall through his mouth and panting through his pores, but still laughing with so much life that the jingle bells tinkled all over his body.
La hinchazón le reventó los cordones de las polainas y las costuras de la ropa, los dedos se le amorcillaron por la presión de las sortijas, se puso del color del venado en salmuera y se le salieron por la culata unos requiebros de postrimerías, así que todo el que había visto un picado de culebra sabía que se estaba pudriendo antes de morir y que iba a quedar tan desmigajado que tendrían que recogerlo con una pala para echarlo dentro de un saco, pero también pensaban que hasta en su estado de aserrín iba a seguirse riendo. Aquello era tan increíble que los infantes de marina se encaramaron en los puentes del barco para tomarle retratos en colores con aparatos de larga distancia, pero las mujeres que se habían salido de misa les descompusieron las intenciones, pues taparon al moribundo con una manta y le pusieron encima las palmas benditas, una porque no les gustaba que la infantería profanara el cuerpo con máquinas de adventistas, otras porque les daba miedo seguir viendo aquel idólatra que era capaz de morirse muerto de risa, y otras por si acaso conseguían con eso que por lo menos el alma se le desenvenenara. Todo el mundo lo daba por muerto, cuando se apartó los ramos de una brazada, todavía medio atarantado y todo desconvalecido por el mal rato, pero enderezó la mesa sin ayuda de nadie, se volvió a subir como un cangrejo, y ya estaba otra vez gritando que aquel contraveneno era sencillamente la mano de Dios en un frasquito, como todos lo habíamos visto con nuestros propios ojos, aunque sólo costaba dos cuartillos porque él no lo había inventado como negocio sino por el bien de la humanidad, y a ver quién dijo uno, señoras y señores, no más que por favor no se me amontonen que para todos hay. The swelling snapped the laces of his leggings and the seams of his clothes, his fingers grew purple from the pressure of the rings, he turned the color of venison in brine and from his rear end came a hint of the last moments of death, so that everyone who had seen a person bitten by a snake knew that he would be crumbled up that they′d have to pick him up with a shovel to put him into a sack, but they also thought that even in his sawdust state he′d keep on laughing. It was so incredible that the marines came up on deck to take colored picture of him with long-distance lenses, but the women who′d come out of church blocked their intentions by covering the dying man with a blanket and laying blessed palms on top of him, some because they didn′t want the soldiers to profane the body with their Adventist instruments, others because they were afraid to continue looking at that idolater who was ready to die dying with laughter, and others because in that way perhaps his soul at least would not be poisoned. Everybody had given him up for dead for dead when he pushed aside the palms with one arm, still half-dazed and not completely recovered from the bad moment he′d had, but he set the table again without anyone′s help, climbed on it like a crab once more, and there he was again, shouting his antidote was nothing but the hand of God in a bottle, as we had all seen with our very own eyes, but it only cost two cuartillos because he hadn′t invented it as an item for sale but for the good of all humanity, and as soon as he said that, ladies and gentlemen, I only ask you not to crowd around, there′s enough for everybody.
Por supuesto que se amontonaron, y que hicieron bien, porque al final no hubo para todos. Hasta el almirante del acorazado se llevó un frasquito, convencido por él de que también era bueno para los plomos envenenados de los anarquistas, y los tripulantes no se conformaron con tomarle subido en la mesa los retratos en colores que no pudieron tomarle muerto, sino que le hicieron firmar autógrafos hasta que los calambres le torcieron el brazo. Era casi de noche y sólo quedábamos en el puerto los más perplejos, cuando él buscó con la mirada a alguno que tuviera cara de bobo para que lo ayudara a guardar los frascos, y por supuesto se fijó en mí. Aquella fue como la mirada del destino, no sólo del mío sino también del suyo, pues de eso hace más de un siglo y ambos nos acordamos todavía como si hubiera sido el domingo pasado. El caso es que estábamos metiendo su botica de circo en aquel baúl con vueltas de púrpura que más bien parecía el sepulcro de un erudito, cuando el debió verme por dentro alguna luz que no me había visto antes, porque me preguntó de mala índole quién eres tú, y yo le contesté que era el único huérfano de padre y madre a quien todavía no se le había muerto el papá, y él soltó unas carcajadas más estrepitosas que las del veneno y me preguntó después qué haces en la vida, y yo le contesté que no hacía más que estar vivo porque todo lo demás no valía la pena, y todavía llorando de risa me preguntó cuál es la ciencia que más quisieras conocer en el mundo, y esa fue la única vez en que le contesté sin burlas la verdad, que quería ser adivino, y entonces no se volvió a reir sino que me dijo como pensando de viva voz que para eso me faltaba poco, pues ya tenía lo más difícil de aprender, que era mi cara de bobo. Esa misma noche habló con mi padre, y por un real y dos cuartillos y una baraja de pronosticar adulterios, me compró para siempre. They crowded around, of course, and they did well to do so, because in the end there wasn′t enough for everybody. Even the admiral from the cruiser bought a bottle, convinced it was also good for the poisoned bullets of anarchists, and the sailors weren′t satisfied with just taking colored photos up on the table, pictures they had been unable to take of him dead, but they had him signing autographs until his arm was twisted with cramps. It was getting to be night and only the most perplexed of us were left by the docks when with his eyes he searched for someone with the look of an idiot to help him put the bottles away, and naturally he spotted me. It was like the look of destiny, not just mine, but his too, for that was more than a century ago and we both remember it as if it were last Sunday. What happened was that we were putting his circus drugstore into that trunk with purple straps that looked more like a scholar′s casket, when he must have noticed some light inside of me that he hadn′t seen before, because he asked me in a surly way who are you, and I answered I am an orphan on both sides whose papa hadn′t died, and he gave out with laughter that was louder than what he given with the poison and then he asked me what do you do for a living, and I answered that I didn′t do anything except stay alive, because nothing else was worth the trouble, and still weeping with laughter he asked me what science in the world do you most want to learn, and that was the only time I answered the truth without any fooling, I wanted to be a fortune-teller, and then he didn′t laugh again but for that because I already had the hardest thing to learn, which was my face of an idiot. That same night he spoke to my father and for one real and two cuartillos and a deck of cards that foretold adultery he bought me forevermore.
Así era Blacamán, el malo, porque el bueno soy yo. Era capaz de convencer a un astrónomo de que el mes de febrero no era más que un rebaño de elefantes invisibles, pero cuando la buena suerte se le volteaba se volvía bruto del corazón. En sus tiempos de gloria había sido embalsamador de virreyes, y dicen que les componía una cara de tanta autoridad que durante mucho años seguían gobernando mejor que cuando estaban vivos, y que nadie se atrevía a enterrarlos mientras él no volviera a ponerles su semblante de muertos, pero el prestigio se le descalabró con la invención de un ajedrez de nunca acabar que volvió loco a un capellán y provocó dos suicidios ilustres, y así fue decayendo de intérprete de sueños en hipnotizador de cumpleaños, de sacador de muelas por sugestión en curandero de feria, de modo que por la época en que nos conocimos ya lo miraban de medio lado hasta los filibusteros. That was what Blacamán was like, Blacamán the Bad, because I′m Blacamán the Good. He was capable of convincing an astronomer that the month of February was nothing but a herd of invisible elephants, but when his good luck turned on him he became a deep brute. In his days of glory he had been an embalmer of viceroys, and they say that he gave them faces with such authority that for many years they went on governing better than when they were alive, and that no one dared bury them until he gave them back their dead-man look, but his prestige was ruined by the invention of an endless chess game that drove a chaplain mad and brought on two illustrious suicides, and so he was on the decline, from an extractor of dreams to a birthday hypnotist, from an extractor of molars by suggestion to a marketplace healer; therefore, at the time we met, people were already looking at him askance, even the freebooters.
Andábamos a la deriva con nuestro tenderete de chanchullos, y la vida era una eterna zozobra tratando de vender los supositorios de evasión que volvían transparentes a los contrabandistas, las gotas furtivas que las esposas bautizadas echaban en la sopa para infundir el temor de Dios en los maridos holandeses, y todo lo que ustedes quieran comprar por su propia voluntad, señoras y señores, porque esto no es una orden sino un consejo, y al fin y al cabo, tampoco la felicidad es una obligación. Sin embargo, por mucho que nos muriéramos de risa de sus ocurrencias, la verdad es que a duras penas nos alcanzaban para comer, y su última esperanza se fundaba en mi vocación de adivino. Me encerraba en el baúl sepulcral disfrazado de japonés y amarrado con cadenas de estribor para que tratara de adivinar lo que pudiera, mientras él le daba vueltas a la gramática buscando el mejor modo de convencer al mundo de mi nueva ciencia, y aquí tienen, señoras y señores, a esta criatura encandilada por las luciérnagas de Ezequiel, y usted que se ha quedado ahí con esa cara de incrédulo vamos a ver si se atreve a preguntarle cuándo se va a morir, pero nunca conseguí adivinar ni la fecha en que estábamos, así que él me desahució como adivino porque el sopor de la digestión te trastorna la glándula de los presagios, y resolvió llevarme donde mi padre para que le devolviera la plata. Sin embargo, en esos tiempos le dio por encontrar aplicaciones prácticas para la electricidad del sufrimiento, y se puso a fabricar una máquina de coser que funcionara conectada mediante ventosas con la parte del cuerpo en que se tuviera un dolor. Como yo pasaba la noche quejándome de las palizas que él me daba para conjurar la mala suerte, tuvo que quedarse conmigo como probador de su invento, y así el regreso se nos fue demorando y se le fue componiendo el humor, hasta que la máquina funcionó tan bien que no sólo cosía mejor que una novicia, sino que además bordaba pájaros y astromelias según la posición y la intensidad del dolor. En esas estábamos, convencidos de haber burlado otra vez a la adversidad, cuando nos alcanzó la noticia de que el comandante del acorazado había querido repetir en Filadelfia la prueba del contraveneno, y se convirtió en mermelada de almirante en presencia de su estado mayor. We drifted along with our trick stand and life was an eternal uncertainty as we tried to sell escape suppositories that turned smugglers transparent, furtive drops that baptized wives threw into the soup to instill the fear of God in Dutch husbands, and anything you might want to buy of your own free will, ladies and gentlemen, because this isn′t a command, it′s advice, and, after all, happiness isn′t an obligation either. Nevertheless, as much as we died with laughter at his witticisms; the truth is that it was quite hard for us to manage enough to eat, and his last hope was founded on my vocation as a fortune-teller. He shut me up in the sepulchral trunk disguised as a Japanese and bound with starboard chains so that I could attempt to foretell what I could while he disemboweled the grammar book looking for the best way to convince the world of my new science, and here, ladies and gentlemen, you have this child tormented by Ezequiel′s glowworms, and those of you who′ve been standing there with faces of disbelief, let′s see if you dare ask him when you′re going to die, but I was never able to guess what day it was at that time, so he gave up on me as a soothsayer because the drowsiness of digestion disturbs your prediction gland, and after whacking me over the head for good luck, he decided to take me to my father and get his money back. But at that time he happened to find a practical application for the electricity of suffering, and he set about building a new sewing machine that ran connected by cupping glasses to the part of the body where there was a pain. Since I spent the night moaning over the whacks he′d given me to conjure away misfortune, he had to keep me on as the one who could test his invention, and so our return was delayed and he was getting back to his good humor until the machine worked so well that it not only sewed better than a novice nun but also embroidered birds or astromelias according to the position and intensity of the pain. That was what were were up to, convinced of our triumph over bad luck, when the news reached us that in Philadelphia the commander of the cruiser had tried to repeat the experiment with the antidote and that he′d been changed into a glob of admiral jelly in front of his staff.
No se volvió a reir en mucho tiempo. Nos fugamos por desfiladeros de indios, y mientras más perdidos nos encontrábamos más claras nos llegaban las voces de que los infantes de marina habían invadido la nación con el pretexto de exterminar la fiebre amarilla, y andaban descabezando a cuanto cacharrero inveterado o eventual encontraban a su paso, y no sólo a los nativos por precaución, sino también a los chinos por distracción, a los negros por costumbre y a los hindúes por encantadores de serpientes, y después arrasaron con la fauna y la flora y con lo que pudieron del reino mineral, porque sus especialistas en nuestros asuntos les habían enseñado que la gente del Caribe tenía la virtud de cambiar de naturaleza para embolatar a los gringos. Yo no entendía de dónde les había salido aquella rabia, no por qué nosotros teníamos tanto miedo, hasta que nos hallamos a salvo en los vientos eternos de la Guajira, y sólo allí tuvo ánimos para confesarme que su contraveneno no era más que ruibarbo con trementina, pero que le había pagado dos cuartillos a un calanchín para que le llevara aquella mapaná sin ponzoña. Nos quedamos en las ruinas de una misión colonial, engañados con la esperanza de que pasaran los contrabandistas, que eran hombres de fiar y los únicos capaces de aventurarse bajo el sol mercurial de aquellos yermos de salitre. Al principio comíamos salamandras con flores de escombros, y aún nos quedaba espíritu para reirnos cuando tratamos de comernos sus polainas hervidas, pero al final nos comimos hasta las telarañas de los aljibes, y sólo entonces nos dimos cuenta de la falta que nos hacía el mundo. Como yo no conocía en aquel tiempo ningún recurso contra la muerte, simplemente me acosté a esperarla donde me doliera menos, mientras él deliraba con el recuerdo de una mujer tan tierna que podía pasar suspirando a través de las paredes, pero también aquel recuerdo inventado era un artificio de su ingenio para burlar a la muerte con lástimas de amor. Sin embargo, a la hora en que debíamos habernos muerto se me acercó más vivo que nunca y estuvo la noche entera vigilándome la agonía, pensando con tanta fuerza que todavía no he logrado saber si lo que silbaba entre los escombros era el viento o su pensamiento, y antes del amanecer me dijo con la misma voz y la misma determinación de otra época que ahora conocía la verdad, y era que yo le había vuelto a torcer la suerte, de modo que amárrate bien los pantalones porque lo mismo que me la torciste me la vas a enderezar. He didn′t laugh again for a long time. We fled through Indian passes and the more lost we became the clearer the news reached us that the marines had invaded the country under the pretext of exterminating yellow fever and were going about beheading every inveterate or eventual potter they found in their path, and not only the natives, out of precaution, but also the Chinese, for distraction, the Negroes, from habit, and the Hindus, because they were snake charmers, and they wiped out the flora and fauna and all the mineral wealth they were able to because their specialists in our affairs had taught them that the people in the Caribbean had the ability to change their nature in order to confuse gringos. I couldn′t understand where that fury came from or why we were so frightened until we found ourselves safe and sound in the eternal winds of La Guajira, and only then did he have the courage to confess to me that his antidote was nothing but rhubarb and turpentine and that he′d paid a drifter two cuartillos to bring him that bushmaster with all the poison gone. We stayed in the ruins of a colonial mission, deluded by the hope that some smugglers would pass, because they were men to be trusted and the only ones capable of venturing out under the mercurial sun of those salt flats. At first we ate smoked salamanders and flowers from the ruins and we still had enough spirit to laugh when we tried to eat his boiled leggings, but finally we even ate the water cobwebs from the cisterns and only then did we realize how much missed the world. Since I didn′t know of any recourse against death at that time, I simply lay down to wait for it where it would hurt me least, while he was delirious remembering a woman who was so tender that she could pass through walls just by sighing, but that contrived recollection was also a trick of his genius to fool death with love-sickness. Still, at the moment we should have died, he came to me more alive than ever and spent the whole night watching over my agony, thinking with such great strength that I still haven′t been able to tell whether what was whistling through the ruins was the wind or his thoughts, and before dawn he told me with the same voice and the same determination of past times that now he knew the truth, that I was the one who had twisted up his luck again, so get your pants ready, because the same way twisted it up for me, you′re going to straighten it out.
Ahí fue donde se echó a perder el poco de cariño que le tenía. Me quitó los últimos trapos de encima, me enrolló en alambre de púas, me restregó piedras de salitre en las mataduras, me puso en salmuera en mis propias aguas y me colgó por los tobillos para macerarme al sol, y todavía gritaba que aquella mortificación no era bastante para apaciguar a sus perseguidores. Por último me echó a pudrir en mis propias miserias dentro del calabozo de penitencia donde los misioneros coloniales regeneraban a los herejes, y con la perfidia de ventrílocuo que todavía le sobraba se puso a imitar las voces de los animales de comer, el rumor de las remolachas en octubre y el ruido de los manantiales, para torturarme con la ilusión de que me estaba muriendo de indigencia en el paraíso. Cuando por fin lo abastecieron los contrabandistas, bajaba al calabozo para darme de comer cualquier cosa que no me dejara morir, pero luego me hacía pagar la caridad arrancándome las uñas con tenazas y rebajándome los dientes con piedras de triturar, y mi único consuelo era el deseo de que la vida me diera tiempo y fortuna para desquitarme de tanta infamia con otros martirios peores. Yo mismo me asombraba de que pudiera resistir la peste de mi propia putrefacción, y todavía me echaba encima las sobras de sus almuerzos y mataba animales del desierto y los ponía por los rincones para que el aire del calabozo se acabara de envenenar. No sé cuánto tiempo había pasado, cuando me llevó el cadáver de un conejo para mostrarme que prefería echarlo a pudrir en vez de dármelo a comer, y hasta allí me alcanzó la paciencia y solamente me quedó el rencor, de modo que agarré el conejo por las orejas y lo mandé contra la pared con la ilusión de que era él y no el animal el que se iba a reventar y entonces fue cuando sucedió, como en un sueño, que el conejo no sólo resucitó con un chillido de espanto, sino que regresó a mis manos caminando por el aire. That was when I lost the little affection I had for him. He took off the last rags I had on, rolled me up in some barbed wire, rubbed rock salt on the sores, put me in brine from my own waters, and hung me by the ankles for the sun to flay me, and he kept on shouting that all mortification wasn′t enough to pacify his persecutors. Finally he threw me to rot in my own misery inside the penance dungeon where the colonial missionaries regenerated heretics, and with the perfidy of a ventriloquist, which he still had more than enough of, he began to imitate the voices of edible animals, the noise of ripe beets, and the sound of fresh springs so as to torture me with the illusion I was dying of indigence in the midst of paradise. When the smugglers finally supplied him, he came down to the dungeon to give me something to eat so that I wouldn′t die, but then he made me pay for that charity by pulling out my nails with pliers and filing my teeth down with a grindstone, and my only consolation was the wish that life would give me time and the good fortune to be quit of so much infamy with even worse martyrdoms. I myself was surprised that I could resist the plague of my own putrefaction and he kept throwing the leftovers of his meals onto me and tossed pieces of rotten lizards and hawks into the corners so that the air of the dungeon would end up poisoning me. I didn′t know how much time had passed when he brought me the carcass of a rabbit in order to show me that he preferred throwing it away to rot rather than giving it to me to eat, but my patience only went so far and all I had left was rancor, so I grabbed the rabbit by the ears and flung it against the wall with the illusion that it was he and not the animal that was going to explode, and then it happened, as if in a dream. The rabbit not only revived with a squeal of fright, but came back to my hands, hopping through the air.
Así fue como empezó mi vida grande. Desde entonces ando por el mundo desfiebrando a los palúdicos por dos pesos, visionando a los ciegos por cuatro con cincuenta, desaguando a los hidrópicos por dieciocho, completando a los mutilados por veinte pesos si lo son de nacimiento, por veintidós si lo son por accidente o peloteras, por veinticinco si lo son por causa de guerras, terremotos, desembarcos de infantes o cualquier otro gesto de calamidades públicas, atendiendo a los enfermos comunes al por mayor mediante arrego especial, a los locos según su tema, a los niños por mitad de precio y a los bobos por gratitud, y a ver quién se atreve a decir que no soy un filántropo, damas y caballeros, y ahora sí, señor comandante de la vigésima flota, ordene a sus muchachos que quiten las barricadas para que pase la humanidad doliente, los lazariños a la izquierda, los epilépticos a la derecha, los tullidos donde no estorben y allá detrás los menos urgentes, no más que por favor no se me apelotonen que después no respondo si se les confunden las enfermedades y quedan curados de lo que no es, y que siga la música hasta que hierva el cobre, y los cohetes hasta que se quemen los ángeles y el aguardiente hasta matar la idea, y vengan los maritornes y los maromeros, los matarifes y los fotógrafos, y todo eso por cuenta mía, damas y caballeros, que aquí se acabó la mala fama de los Blacamanes y se armó el despelote universal. Así los voy adormeciendo, con técnicas de diputado, por si acaso me falla el criterio y algunos se me quedan peor de lo que estaban. Lo único que ya no hago es resucitar a los muertos, porque apenas abren los ojos contramatan de rabia al perturbador de su estado, y a fin de cuentas los que no se suicidan se vuelven a morir de desilusión. Al principio me perseguía un congreso de sabios para investigar la legalidad de mi industria, y cuando estuvieron convencidos me amenazaron con el infierno de Simón el Mago y me recomendaron una vida de penitencia para que llegara a ser santo, pero yo les contesté sin menosprecio de su autoridad que era precisamente por ahí por donde había empezado. That was how my great life began. Since then I′ve gone through the world drawing the fever out of malaria victims for two pesos, visioning blind men for four-fifty, draining the water from dropsy victims for eighteen, putting cripples back together for twenty pesos if they were that way from birth, for twenty-two if they were that way because of an accident or a brawl, for twenty-five if they were that way cause of wars, earthquakes, infantry landings, or any other kind of public calamity, taking care of the common sick at wholesale according to a special arrangement, madmen according to their theme, children at half price, and idiots out of gratitude, and who dares say that I′m not a philanthropist, ladies and gentlemen, and now, yes, sir, commandant of the twentieth fleet, order your boys to take down the barricades to let suffering humanity pass, lepers to the left, epileptics to the right, cripples where they won′t get in the way, and there in the back the least urgent cases, only please don′t crowd in on me because then I won′t be responsible if the sicknesses get all mixed up and people are cured of what they don′t have, and keep the music playing until the brass boils, and the rockets firing until the angels burn, and the liquor flowing until the ideas are killed, and bring on the wenches and the acrobats, the butchers and the photographers, and all for here ends the evil fame of the Blacamáns and the universal tumult starts. That′s how I go along putting them to sleep with the techniques of a congressman in case my judgment fails and some turn out worse on me than they were before. The only thing I don′t do is revive the dead, because as soon as they open their eyes they′re murderous with rage at the one who disturbed their state, and when it′s all done, those who don′t commit suicide die again of disillusionment. At first I was pursued by a group of wise man investigating the legality of my industry, and when then they were convinced, they threatened me with the hell of Simon Magus and recommended a life penitence so that I could get to be a saint, but I answered them, with no disrespect for their authority, that it was precisely along those lines that I had started.
La verdad es que yo no gano nada con ser santo después de muerto, yo lo que soy es un artista, y lo que único que quiero es estar vivo para seguir a pura de flor de burro con este carricoche convertible de dieciséis cilindros que le compré al cónsul de los infantes, con este chofer trinitario que era barítono de la ópera de los piratas de Nueva Orleans, con mis camisas de gusano legítimo, mis lociones de oriente, mis dientes de topacio, mi sombrero de tartarita y mis botines de dos colores, durmiendo sin despertador, bailando con las reinas de la belleza y dejándolas como alucinadas con mi retórica de diccionario, y sin que me tiemble la pajarilla si un miércoles de ceniza se me marchitan las facultades, que para seguir con esta vida de ministro me basta con mi cara de bobo y me sobra con el tropel de tiendas que tengo desde aquí hasta más allá del crepúsculo, donde los mismos turistas que nos andaban cobrando al almirante trastabillan ahora por comprar los retratos con mi rúbrica, los almanaques con mis versos de amor, las medallas con mi perfil, mis pulgadas de ropa, y todo eso sin la gloriosa conduerma de estar todo el día y toda la noche esculpido en mármol ecuestre y cagado de colondrinas como los padres de la patria. The truth is that I′d gain nothing by being a saint after being dead, an artist is what I am, and the only thing I want is to be alive so I can keep going along at donkey level in this six-cylinder touring car I bought from the marines′ consul, with this Trinidadian chauffeur who was a baritone in the New Orleans pirates′ opera, with my genuine silk shirts, my oriental lotions, my topaz teeth, my flat straw hat, and my bicolored buttons, sleeping around without an alarm clock, dancing with beauty queens, and leaving them hallucinated with my dictionary rhetoric, and with no flutter in my spleen if some Ash Wednesday my faculties wither away, because in order to go on with this life of a minister, all I need is my idiot face, and I have more than enough with the string of shops I own from here to beyond the sunset, where the same tourists who used to go around collecting from us through the admiral, now go stumbling after my autographed pictures, almanacs with my love poetry, medals with my profile, bits of my clothing, and all of that without the glorious plague of spending all day and all night sculptured in equestrian marble and shat on by swallows like the fathers of our country.
Lástima que Blacamán el malo no pueda repetir esta historia para que vean que no tiene nada de invención. La última vez que alguien lo vio en este mundo había perdido hasta los estoperoles de su antiguo esplendor, y tenía el alma desmantelada y los huesos en desorden por el rigor del desierto, pero todavía le sobró un buen par de cascabeles para reaparecer aquel domingo en el puerto de Santa María del Darién con el eterno baúl sepulcral, sólo que entonces no estaba tratando de vender ningún contraveneno sino pidiendo con la voz agrietada por la emoción que los infantes de marina lo fusilaran en espectáculo público para demostrar en carne propia las facultades resucitadoras de esta criatura sobrenatural, señoras y señores, y aunque a ustedes les sobra derecho para no creerme después de haber padecido durante tanto tiempo mis malas mañas de embustero y falsificador, les juro por los huesos de mi madre que esta prueba de hoy no es nada del otro mundo sino la humilde verdad, y por si les quedara alguna duda fíjense bien que ahora no me estoy riendo como antes sino aguantando las ganas de llorar. Cómo sería de convincente, que se desabotonó la camisa con los ojos ahogados de lágrimas y se daba palmadas de mulo en el corazón para indicar el mejor sitio de la muerte, y sin embargo los infantes de marina no se atrevieron a disparar por temor de que las muchedumbres dominicales les conocieran el desprestigio. Alguien que quizás no olvidaba los blacamanismos de otra época consiguió nadie supo dónde y le llevó dentro de una lata unas raíces de barbasco que habrían alcanzado para sacar a flote a todas las corbinas del Caribe, y él las destapó con tantas ganas como si de verdad se las fuera a comer, y en efecto se las comió, señoras y señores, no más que por favor no se me conmuevan ni vayan a rezar por mi descanso, que esta muerte no es más que una visita. Aquella vez fue tan honrado que no incurrió en estertores de ópera sino que se bajó de la mesa como un cangrejo, buscó en el suelo a través de las primeras dudas el lugar más digno para acostarse, y desde allí me miró como a una madre y exhaló el último suspiro entre sus propios brazos, todavía aguantando sus lágrimas de hombre y torcido al derecho y al revés por el tétano de la eternidad. Fue esa la única vez, por supuesto, en que me fracasó la ciencia. Lo metí en aquel baúl de tamaño premonitorio donde cupo de cuerpo entero, le hice cantar una misa de tinieblas que me costó cincuenta doblones de a cuatro porque el oficiante estaba vestido de oro y había además tres obispos sentados, le mandé a edificar un mausoleo de emperador sobre una colina expuesta a los tiempos más propicios del mar, con una capilla para él solo y una lápida de hierro donde quedó escrito con mayúsculas góticas que aquí yace Blacamán el muerto, mal llamado el malo, burlador de los infantes y víctima de la ciencia, y cuando estas honras me bastaron para hacerle justicia por sus virtudes empecé a desquitarme de sus infamias, y entonces lo resucité dentro del sepulcro blindado, y allí lo dejé revolcándose en el horror. Eso fue mucho antes de que a Santa María del Darién se le tragara la marabunta, pero el mausoleo sigue intacto en la colina, a la sombra de los dragones que suben a dormir en los vientos atlánticos, y cada vez que paso por estos rumbos le llevo un automóvil cargado de rosas y el corazón me duele de lástima por sus virtudes, pero después pongo el oído en la lápida para sentirlo llorar entre los escombros del baúl desbaratado, y si acaso se ha vuelto a morir lo vuelvo a resucitar, pues la gracia del escarmiento es que siga viviendo en la sepultura mientras yo esté vivo, es decir, para siempre. It′s a pity that Blacamán the Bad can′t repeat this story so that people will see that there′s nothing invented in it. That last time anyone saw him in this world he′d lost even the studs of his former splendor, and his soul was a shambles and his bones in disorder from the rigors of the desert, but he still had enough jingle bells left to reappear that Sunday on the socks of Santa Maria del Darien with his eternal sepulchral trunk, except that this time he wasn′t trying to sell any antidotes, but was asking in a voice cracking with emotion for the marines to shoot him in a public spectacle so that he could demonstrate on his own flesh the life-restoring properties of this supernatural creature, ladies and gentlemen, and even though you have more than enough right not to believe me after suffering so long from my tricks as a deceiver and a falsifier, I swear on the bones of my mother that this proof is nothing from the world, merely the humble truth, and in case you have any doubts left, notice that I′m not laughing the way I used to, but holding back a desire to cry. How convincing he must have been, unbuttoning his shirt, his eyes drowning with tears, and giving himself mule kicks on his heart to indicate the best place for death, and yet the marines dare not shoot, out of fear that the Sunday crowd would discover their loss of prestige. Someone who may not have forgotten the Blaca-manipulations of past times managed, no one knew how, to get and bring him in a can enough barbasco roots to bring to the surface all the corvinas in the Caribbean, and he opened it with great desire, as if he really was going to eat them, and indeed, he did eat them, ladies and gentlemen, but please don′t be moved or pray for the repose of my soul, because this death is nothing but a visit. That time he was so honest that he didn′t break into operatic death rattles, but got off the table like a crab, looked on the ground for the most worthy place to lay down after some hesitation, and from there he looked at me as he would have at a mother and exhaled his last breath in his own arms, still holding back his tears of a man, all twisted up by the tetanus of eternity. That was the only time, of course, that my science failed me. I put him in that trunk of premonitory size where there was room for him laid out. I had a requiem mass sung for him which cost me fifty-four peso doubloons, because the officiant was dressed in gold and there were also three seated bishops. I had the mausoleum of an emperor built for him exposed to the best seaside weather, with a chapel just for him and an iron plaque on which there was written in Gothic capital “Here lies Blacamán the Dead, badly called the Bad, deceiver of marines, and the victim of science,” and when those honors were sufficient for me to do justice for his virtues, I began to get revenge for his infamy, and then I revived him inside the armored tomb and left him there rolling about in horror. That was long before the fire ants devoured Santa Maria del Darien, but the mausoleum is still intact on the hill in the shadow of the dragons that climb up to sleep in the Atlantic winds, and every time I pass through here I bring him an automobile load of roses and my heart pains with pity for his virtues, but then I put my ear to the plaque to hear him weeping in the ruins of the crumbling trunk, and if by chance he has died again, I bring him back to life once more, for the beauty of the punishment is that he will keep living in his tomb, as long as I′m alive, that is, forever.